El reto agroalimentario no se juega solo en el campo. También en nuestras empresas, nuestras cocinas y cada decisión de compra.
«Cada vez que tomamos una decisión, las tres veces al día, decidimos y apoyamos. Es un voto para el sistema alimentario que queremos.»
Annarita di Rubbo
Hay frases que resumen una conversación entera.
Esta apareció apenas comenzado el cuarto episodio de Voces del Triple Balance y, probablemente, explica mejor que ninguna otra por qué el reto agroalimentario nos afecta a todos.
Cada desayuno, cada comida y cada cena son mucho más que una necesidad biológica. Son una elección. Y, aunque muchas veces no seamos conscientes, también son una forma de apoyar un determinado modelo económico, social y ambiental.
Cuando compramos un alimento no solo adquirimos un producto. Estamos respaldando una manera de cultivar la tierra, de cuidar a quienes la trabajan, de distribuir los recursos y de relacionarnos con el territorio.
Sin embargo, seguimos acostumbrados a mirar únicamente una cifra: el precio.
Quizá ha llegado el momento de empezar a preguntarnos cuál es el verdadero precio de lo que comemos.
El precio que no aparece en la etiqueta
Vivimos en una sociedad en la que comparar precios resulta casi automático. Buscamos ofertas, descuentos y promociones. Es lógico. Todos queremos cuidar nuestra economía doméstica.
Pero durante la conversación surgió una pregunta incómoda:
¿Qué costes quedan fuera de la etiqueta?
Porque el alimento más barato no siempre es el que menos cuesta.
Hay costes que no aparecen impresos.
La pérdida de fertilidad de los suelos.
La contaminación del agua.
La desaparición de pequeños agricultores.
El abandono de los pueblos.
Las emisiones asociadas al transporte.
El desperdicio alimentario.
La pérdida de biodiversidad.
En algún lugar, alguien termina pagando esa factura.
Y muchas veces somos nosotros mismos, aunque no lo percibamos de forma inmediata.
El reto agroalimentario consiste precisamente en dejar de considerar la alimentación como un hecho aislado y empezar a entenderla como un sistema donde todo está conectado.
Alimentar personas… y también territorios
Una de las mayores riquezas de esta conversación fue comprobar que las tres personas invitadas abordaban el mismo reto desde perspectivas muy diferentes.
Annarita di Rubbo cofundadadora de La Chef Eco, trabaja desde la cocina.
Jaime Fernández Truchado fundador de Antauen, desde la agroecología y el desarrollo rural.
Alicia Martín Serrano, desde Apadrina un Olivo, un proyecto que ha convertido la recuperación de olivares centenarios en una herramienta contra la despoblación.
Tres proyectos distintos.
Tres maneras de actuar.
Pero una idea compartida.
La alimentación no empieza cuando un plato llega a la mesa.
Empieza mucho antes.
Empieza en el suelo.
En quienes cultivan.
En quienes transforman.
En quienes distribuyen.
Y termina, finalmente, en nuestras decisiones cotidianas.
La cocina también puede cambiar el mundo
Cuando hablamos de sostenibilidad solemos pensar en grandes políticas públicas o en complejas innovaciones tecnológicas.
Sin embargo, Annarita di Rubbo recordó durante el episodio que la transformación también puede comenzar en un lugar tan cotidiano como una cocina.
Desde La Chef Eco llevan años demostrando que es posible combinar alimentación saludable, productos ecológicos y de proximidad, envases retornables de vidrio y una gestión prácticamente libre de residuos.
No presentan la sostenibilidad como un lujo reservado para unos pocos.
La entienden como una manera coherente de organizar todo el proceso.
Porque cocinar también significa decidir.
Qué compramos.
A quién compramos.
Cómo conservamos los alimentos.
Qué residuos generamos.
Y qué mensaje trasladamos a quienes se sientan a nuestra mesa.
En un momento especialmente significativo de la conversación, Annarita resumió esa responsabilidad con una frase que merece permanecer mucho tiempo en nuestra memoria:
«Cada vez que tomamos una decisión, las tres veces al día, decidimos y apoyamos. Es un voto para el sistema alimentario que queremos.»
Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas del episodio.
No necesitamos esperar grandes reformas para empezar a cambiar el sistema.
Cada elección cotidiana ya forma parte del cambio.
El gran desafío: llegar a todos
La conversación dio un giro muy interesante cuando Jaime Fernández Truchado planteó uno de los grandes dilemas de la economía regenerativa.
Durante años hemos celebrado la aparición de pequeños proyectos inspiradores.
Iniciativas que producen de otra manera.
Que recuperan variedades tradicionales.
Que respetan los ritmos de la naturaleza.
Que fortalecen el tejido rural.
Pero Jaime lanzó una pregunta incómoda.
¿Es suficiente con que existan pequeños proyectos ejemplares?
Su respuesta fue clara.
«La agroecología tiene que saber cuidar esos proyectos chiquititos, que son fuente de inspiración… pero también tenemos que ambicionar el alcance a escala.»
Y añadió una reflexión que probablemente resume uno de los grandes retos del momento.
«¿Queremos llenar las vitrinas del Eroski o del Alcampo? Yo quiero llegar ahí. Querría que toda la alimentación que llega allí pudiera llegar a todos los estómagos posibles, independientemente del nivel adquisitivo.»
No es una visión ingenua.
Él mismo reconoció inmediatamente después que crecer implica nuevos desafíos.
«Cuanta más escala, más contradicciones.»
Lejos de evitar esa complejidad, la abrazó.
Porque transformar el sistema alimentario exige asumir que no existen soluciones perfectas.
Existen decisiones difíciles.
Equilibrios.
Aprendizajes constantes.
Y una pregunta permanente:
¿Cómo crecer sin perder aquello que hace valioso un proyecto?
El campo necesita mucho más que relevo generacional
En demasiadas ocasiones reducimos el debate sobre el mundo rural a una cuestión demográfica.
Pero la conversación mostró que el problema es mucho más profundo.
No se trata únicamente de quién cultivará la tierra dentro de veinte años.
Se trata de si existirá un modelo económico capaz de hacer atractivo permanecer en el territorio.
De si emprender en el campo será una opción viable.
De si la innovación llegará también a los pequeños municipios.
Porque cuando desaparece una explotación agrícola no solo dejamos de producir alimentos.
También desaparece conocimiento.
Paisaje.
Cultura.
Relaciones.
Y oportunidades para las siguientes generaciones.
Por eso Jaime insistió en que el reto no consiste únicamente en producir mejor.
También hay que saber comercializar, cooperar, construir redes y facilitar que los proyectos regenerativos puedan consolidarse económicamente.
Solo así dejarán de ser excepciones admirables para convertirse en la nueva normalidad.
Cuando salvar un olivo significa mucho más que salvar un árbol
Si hubo un momento del episodio que puso rostro al reto agroalimentario, fue la conversación sobre Apadrina un Olivo.
Porque detrás de este proyecto no solo hay olivares centenarios.
Hay personas.
Hay familias.
Hay memoria.
Y hay un pueblo que decidió no resignarse a desaparecer.
Oliete, en la provincia de Teruel, comparte una realidad con muchos municipios de la España rural: durante décadas ha visto cómo la población disminuía, el envejecimiento aumentaba y miles de olivos quedaban abandonados porque ya no resultaba rentable cuidarlos.
Lo fácil habría sido aceptar que ese era el curso natural de las cosas.
Sin embargo, un grupo de personas decidió hacerse otra pregunta:
¿Y si recuperar los olivos pudiera ser también una forma de recuperar el pueblo?
Así nació Apadrina un Olivo.
Una iniciativa que ha conseguido conectar a miles de personas con un territorio al que, probablemente, nunca habrían viajado.
Pero el verdadero logro del proyecto no es solo haber recuperado árboles.
Es haber recuperado vínculos.
Porque cuando una persona apadrina un olivo no está comprando únicamente un producto.
Está estableciendo una relación con quienes cuidan esa tierra.
Conoce su historia.
Visita el territorio.
Comprende el esfuerzo que hay detrás de cada cosecha.
Y deja de ver una botella de aceite como un objeto anónimo para entender todo lo que representa.
Ese cambio de mirada es, probablemente, uno de los mayores logros del proyecto.
La emoción también forma parte de la sostenibilidad
Durante muchos años hemos explicado la sostenibilidad con gráficos, indicadores y cifras.
Todo eso es necesario.
Pero la conversación dejó claro que los datos, por sí solos, rara vez cambian comportamientos.
Las personas cambiamos cuando comprendemos.
Y, sobre todo, cuando sentimos.
Quizá por eso los tres proyectos invitados tienen algo en común.
No venden únicamente productos o servicios.
Construyen relaciones.
La Chef Eco conecta a quien come con quien produce.
Antauen conecta conocimiento, territorio e innovación.
Apadrina un Olivo conecta personas que viven a cientos de kilómetros con un pequeño pueblo turolense.
En los tres casos, la economía deja de ser una sucesión de transacciones para convertirse en una red de vínculos.
Y quizá ahí reside una de las claves del Triple Balance.
De la sostenibilidad a la regeneración
Hubo una palabra que apareció varias veces durante la conversación y que merece detenerse a pensar: regeneración.
Durante años nos hemos marcado como objetivo ser más sostenibles.
Reducir emisiones.
Consumir menos recursos.
Generar menos residuos.
Todo ello sigue siendo imprescindible.
Pero la regeneración propone ir un paso más allá.
No basta con hacer menos daño.
La pregunta es otra:
¿Podemos dejar el territorio mejor de como lo encontramos?
Regenerar significa recuperar suelos.
Fortalecer comunidades.
Crear empleo digno.
Recuperar biodiversidad.
Impulsar economías locales.
Volver a llenar de vida espacios que parecían condenados al abandono.
Los tres proyectos que participaron en este episodio son una prueba de que esa transformación ya está ocurriendo.
No como una teoría.
No como una promesa.
Sino como una realidad construida día a día.
El verdadero reto no está solo en el campo
Al comenzar este artículo nos preguntábamos cuál es el verdadero precio de lo que comemos.
Después de escuchar esta conversación, quizá la pregunta haya cambiado.
Tal vez la cuestión ya no sea cuánto cuesta un alimento.
Sino qué historia hay detrás de él.
Quién lo ha producido.
Qué paisaje ayuda a conservar.
Qué empleo sostiene.
Qué comunidad mantiene viva.
Porque el sistema agroalimentario no empieza en el campo.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando decidimos qué tipo de empresas queremos apoyar.
Y termina mucho después de sentarnos a la mesa.
Dar visibilidad a quienes ya están construyendo soluciones
En los medios de comunicación solemos hablar de crisis.
De sequías.
De despoblación.
De dificultades para el sector primario.
Y es necesario hacerlo.
Pero también necesitamos hablar de quienes están construyendo respuestas.
Ese es precisamente uno de los objetivos de Voces del Triple Balance, el podcast impulsado por SANNAS, la asociación que reúne a empresas comprometidas con generar valor económico, social y ambiental de forma equilibrada.
Más que presentar proyectos, este espacio pretende visibilizar maneras diferentes de entender la empresa.
Modelos que demuestran que es posible generar rentabilidad sin renunciar al cuidado de las personas y del planeta.
Conversaciones que inspiran.
Que conectan experiencias.
Y que ayudan a imaginar futuros que, en realidad, ya están empezando a construirse.
Porque las soluciones también necesitan ser contadas.
La pregunta que nos llevamos a casa
Hay conversaciones que terminan cuando se apagan los micrófonos.
Y hay otras que empiezan precisamente en ese momento.
Este cuarto episodio de Voces del Triple Balance pertenece a las segundas.
Porque no ofrece recetas universales.
No simplifica un reto tan complejo como el sistema agroalimentario.
Hace algo mucho más valioso.
Invita a formular mejores preguntas.
¿Quién cultivará nuestros alimentos dentro de veinte años?
¿Cómo podemos garantizar que el campo siga siendo un lugar donde merezca la pena vivir y emprender?
¿Es posible construir empresas que regeneren en lugar de limitarse a reducir impactos?
¿Estamos dispuestos a mirar más allá del precio cuando elegimos lo que comemos?
Quizá no tengamos todavía todas las respuestas.
Pero sí sabemos una cosa.
Cada vez que elegimos un alimento estamos apoyando una determinada forma de producir, de consumir y de relacionarnos con el territorio.
Como recordaba Annarita di Rubbo al comienzo del episodio, cada decisión es un voto para el sistema alimentario que queremos.
Y esa idea resume mejor que ninguna otra el espíritu de esta conversación.
El verdadero precio de lo que comemos nunca cabe en una etiqueta.
Se escribe en nuestros campos.
En nuestros pueblos.
En nuestras empresas.
Y también, tres veces al día, alrededor de una mesa.
Escucha el episodio completo
Si este artículo ha despertado nuevas preguntas, te invitamos a escuchar el cuarto episodio de Voces del Triple Balance, creado por SANNAS, Asociación de Empresas Triple Balance, una conversación moderada por Rosalie Orens junto a Annarita di Rubbo (La Chef Eco), Jaime Fernández Truchado (Antauen) y Alicia Martín Serrano (Apadrina un Olivo).
Anímate a participar de esta conversación con tus comentarios en la entrevista y poniéndote en contacto con nuestros ponentes.
Porque el futuro de la alimentación no depende únicamente de quienes trabajan la tierra.
Depende, también, de quienes decidimos cada día qué mundo queremos alimentar.


